Machete Sosa Juntada de los miércoles. Hoy cocina Marcelo: su famoso pollo al disco. Ya llegaron Daniel, Julián, Trivi con su papá. Esta noche ha caído Don Mirayes, nada menos. Éste es un Club de locos, decimos a veces, tiene, ha tenido, cada personaje. Empezamos a contar y caen los nombres: Maicenita Illanes, Ernestito Fernández, Juancito Arce. La lista es larga: Don Mirayes suele formar parte. Pero ojo que no le preocupa; apoyado en su colección de sombreros exóticos, en sus comentarios descolgados, en sus historias imposibles, Mirayes se esfuerza, o eso parece, por encabezar el elenco. Suponemos que ya tiene ochenta, aunque un día te dice Soy un pibe de sesenta y dos, y al siguiente, El mes que viene cumplo los noventa. ¿Usted me ve bien conservado? De todos modos y mal que nos pese, Don Mirayes es la memoria viviente del Club. Él mismo lo proclama. Lo que sí, confiamos poco en esa memoria. A veces miente sin empacho, uno no sabe si de mala gente, de olvidadizo o nomás por hacerse el raro. Otras dice cosas muy creíbles y que das por sentadas, hasta que al tiempo las contradice con nuevas historias.
Septiembre. La época en que empezamos a dejar la cantina y comemos fuera. Una de esas noches sanjuaninas que invitan a la charla y al vino tinto. Marcelo ha puesto el disco sobre la base del parrillero. Ya echó el pollo y el pimiento y ahora, inclinado sobre la barra, termina de picar las cebollas. Los demás estamos a la mesa, que esta noche nos armaron sobre el césped, junto al frontón. Daniel comenta algo que ha leído en Internet. Dice que todos los átomos que existen nacieron en el centro de alguna estrella hace millones de años; que eso incluye a los átomos de nuestro cuerpo. Uno dice Vos naciste en una estrella doble, el otro contesta Vos en un agujero negro, y sigue una serie de chistes sobre la estrella, el planeta o el meteorito de que cada uno viene. Es entonces cuando empieza a oírse a Don Mirayes. Al principio apenas murmura. Comienza a elevar la voz recién cuando las otras se acallan.
…chico sin condiciones, pero que tenía un corazón de fierro. La época en que el club recién se fundaba, había una sola cancha, ésta, la Uno, que era la única de San Juan. Después pusieron otra en Caucete. Don Mirayes se detiene, nos observa y sin variar su gesto parece sonreír. Su mirada se topa con el sombrero. Hoy trajo uno tipo hongo, verde, de fieltro, que al llegar dejó sobre la mesa. Don Mirayes contempla el sombrerito durante unos segundos, enseguida lo toma con el pulgar y el índice de cada mano y en el mismo movimiento se lo acomoda en la cabeza. Yo era purrete, como se decía, siete, creo, siete años tenía. Mi padre trabajaba en el ferrocarril, los sábados nos pasábamos todo el día en el Club, y en la semana yo también venía a la Escuela de Tenis. Le decían Machete, era el hijo de Don Sosa, el canchero. Don Sosa había hecho las canchas del Andino, en Mendoza, y de ahí lo buscaron para hacer las del Club. La idea era que hiciera dos, las dos de acá adelante, pero se murió antes de poder hacer la Dos. La Cancha Uno era la niña de sus ojos. Decía, bueno, yo no lo escuché, mi padre me ha contado, decía que era una cancha perfecta, una cancha con la orientación justa, que drenaba como ninguna, que ni Roland Garrós… Pobrecito, ahí se murió, en “su” cancha, mientras pasaba el rodillo. Quedó colgando de la manija, doblado por la panza. Las mujeres del club pensaban que estaba borracho, empezaron a murmurar “Una vergüenza, una vergüenza”. Al rato, cuando alguien se animó a ir…
Ése fue el principio. Dicen que Machete retiró el cuerpo y se lo llevó en el cajón de la bicicleta. Los dos vivían solos en una casita de Concepción. Tenían como veinte perros y no se les conocían parientes. Nunca supe de la madre de Machete. Pasaron dos días, tres días, no más que eso. Machete apareció como si nada, agarró la rastra, la escoba y se puso a arreglar la cancha.
Les dije, ¿o no? Me olvido de las cosas. Machete era un queso. Lo que sí, era un reggianito, o un sardo bien estacionado: duro, duro, como él sólo. La verdad, no sé por qué lo dejaban jugar. Éramos pocos en el Club, pero la gente era muy selectiva, había muchos ingleses, jefes de mi padre en el ferrocarril. Así que ahora no me explico bien porqué era que lo dejaban jugar. Será que se había criado en el Club, no sé. Machete era malo, pero insistía. Horas se pasaba en el frontón, dándole y dándole. Cuando después escuché la historia de Vilas, allá en el Náutico, en Mar del Plata, me acordé de él, ¿en algo, no?
No sé si saben, pero en aquella época el revés era todo con slice, eso fue hasta que vino Donald Budge. Tampoco nadie le pegaba con las dos manos, era como una afrenta. Bueno, Machete jugaba todo con dos manos. Hasta el saque. El saque era una risa. Con la izquierda tiraba la pelota, bien alta, después agarraba la raqueta con las dos y le daba. Era, no sé, como si pescara. Así con todos los golpes: drive, revés, volea y smash… aunque ahora que lo pienso creo que no lo vi nunca en la red. Machete era flaquito, no le daba fuerte y de técnica era un desastre. Ahora, no saben lo que corría ese cristiano, no saben las ganas que le ponía.
Todos estamos enganchados. También Marcelo ha venido a sentarse. Ahora se incorpora para servir tinto a Mirayes, todos acercamos los vasos. La cebolla da chirridos en el disco y larga un aroma dulzón. Trivi dice Déle viejo, cuente, que hoy se ha venido inspirado. Mirayes toma un trago, se saca el sombrero, le alisa los bordes, vuelve a ponérselo, continúa Bueno, pasó que la Comisión Directiva organizó un torneo en homenaje a Don Sosa. Invitaron a los mejores del club. También le dijeron a Machete, como homenaje al padre, nada más. En todo caso no les preocupaba: Machete perdía seguro en primera rueda.
Preclasificado uno salía Girtlein. Era, lejos, el mejor jugador de acá. Un tipo muy técnico, llegó a jugar con Furlong. Los otros peleaban el subcampeonato; salvo Machete, por supuesto, que no podía ganarle a nadie. El torneo empezó un sábado, pusieron sillas de los dos lados, donde ahora está la cancha Dos y donde está la pileta. Girtlein ganó fácil su partido; la sorpresa la dio Machete: nadie estuvo muy atento, pero le ganó cómodo al flaco Tamer, que jugaba… jugaba bastante. ¡Cómo lo cargaron al flaco! Me acuerdo bien porque mi padre estaba sentado con él en la galería, allá donde ahora está la cantina, y todos venían a decirle algo. La segunda ronda era el domingo y ahí muchos se acercaron a ver el partido de Machete. Jugaba contra el Moncho Guevara, un grandote que le daba duro. Machete había ganado pero nadie pensaba que tuviera posibilidad. Ese día apareció con una raqueta nueva, aunque alguien comentó que ya la había usado en el primer partido. Una cosa rarísima, blanca y medio tirando a cuadrada; para colmo, encordada con unas cuerdas amarillas que eran como una lija. El partido fue parejo. El Moncho atacaba, Machete se defendía con uñas y dientes. Llegaba a un lado, tiraba un globito con el revés a dos manos y de nuevo corría a buscar el próximo bombazo. Moncho ganó el primer set, creo que 6/4, pero se veía que estaba cansado. Machete ganó el segundo 7/5; el tercero estaba parejo. Cuando Moncho sacaba 4/5 hubo como unas oleadas de viento, unos malos piques, y Moncho tiró los cuatro tantos al alambrado. ¡Nadie podía creerlo! Machete saltaba de alegría… y la cara del Moncho... “Dejo el tenis, dejo el tenis”, decía… Como si fuera hoy, lo escucho como si fuera hoy.
Marcelo se escabulle a quitarle fuego al disco. Don Mirayes sigue contando El torneo terminaba al otro fin de semana. En las semifinales quedaban: de un lado, Lampazona con Machete; del otro, Girtlein, que había perdido nada más que tres games, con Rovira... don Ernesto, lo conocieron, ¿o no?, ¿se acuerdan?; murió… hace unos años. Durante la semana, empezaron a hablar de Machete. La más enojada era la mujer de Guevara: “Machete no es socio, no puede jugar.” Por supuesto que no le dieron bola con eso, y entonces la mujer empezó a quejarse de cualquier cosa. Hasta averiguaron, me acuerdo, si era reglamentario jugar con las dos manos... Tipo miércoles o jueves empezaron a hablar de la raqueta. Fueron otra vez al reglamento, a ver si la raqueta estaba permitida. Se la pidieron a Machete. No sé cómo fue la cosa, parece que ponía excusas, me la olvidé, ahora no puedo, ya la traigo... El sábado a la mañana le dijeron directamente: “La raqueta no está permitida. Tenés que jugar con otra.” Machete contesta “No tengo”, y ellos, “Problema tuyo”. Sin embargo, al rato le consiguieron una: la Comisión quedaba mal si él perdía por eso. Era, me acuerdo, una “Dunlop Maxply”, de los primeros modelos que salieron. Machete agarró la Dunlop y dio media vuelta. A la hora del partido la tenía encordada con sus cuerdas amarillas.
Lampazona era buen jugador, medio flojo de revés, aunque sacaba como una mula. Entró confiado, pensando que a Machete el tema de la raqueta lo cocinaba. Algo de eso hubo porque al principio el pobre no daba pié con bola, hasta le erraba a la pelota. Perdió a 2 el primer set. Después… después empezaron a pasar cosas raras: los saques de Lampa parecían aces, pero la pelota picaba, se levantaba como globo y le quedaba servida a Machete; los globitos de Machete iban a media cancha pero picaban para cualquier lado y, si no, se morían. Lampazona estaba como loco. Hasta gritaba en la cancha. En aquellos tiempos estaba muy mal visto. No como ahora que… Bueno, ustedes saben. Al principio, la gente creyó que era un tema del viento pero corría nada más que una brisita y encima la pelota iba una vez para acá y la próxima para allá. Bueno, Machete ganó el segundo, cómodo, no me acuerdo cuánto, y el tercero, 6/3. Terminó el partido y la cancha quedó en silencio. Yo y otros chicos quisimos aplaudir, mi padre nos calló con un chistido. Lampazona ni lo saludó a Machete y salió como un rayo. Machete metió la raqueta en su bolsa y con la cabeza en alto rumbeó derecho para la puerta.
Girtlein había ganado cómodo otra vez. Un jugador muy técnico, llegó a jugar con Morea, ¿les dije? Era el único que hacía saque y volea, toda una novedad en aquella época. El hombre no podía darse el lujo de perder. Se puso a investigar el asunto a través de algunos otros socios. Ahí empezaron a contarse cosas macabras. Ustedes saben cómo es esto en el Club, al día siguiente todo el mundo habla de eso. Uno se acordó de que nadie había ido al entierro de Don Sosa, y, como vivían solos, la gente se largó a imaginar lo peor. Para qué les voy a decir, se acordaron de la raqueta blanca que había usado Machete, de esas cuerdas extrañas... Ustedes saben que antes las cuerdas eran de tripa, tripa de cerdo o de gato, bastante después salieron las sintéticas...
Por supuesto que yo me enteré de estas cosas mucho después, ya de grande. En el ‘59 lo encontré a Machete en San Rafael, en la Estación de trenes. Me sorprendí al verlo. Estaba flaco, muy cambiado, todavía parecía huir. Era una noche fría y nos cruzamos a tomar unos tragos a un barcito frente a la Estación. Ahí me confesó todo.
Che, disculpen, dice Marcelo, pero el pollo no aguanta más, tengo que servir. Don Mirayes deja el sombrero sobre la mesa. Mientras nos acomodamos llega Carlos, él vive con otro huso horario. Aprovechamos para llenar los vasos. Mirayes toma un trago largo, levanta la cabeza y se pone a mirar las estrellas. Los demás cruzamos miradas en silencio. Marcelo trae el disco, lo apoya en una mesita de metal, pide los platos y empieza a servir. Don Mirayes acerca su rostro al plato. Mmm, dice, mientras huele. Espera a que Marcelo se siente, vuelve a calzarse el sombrero y arranca otra vez La final era el domingo a las tres y la verdad que no tenían nada contra Machete. Pero Lampazona era amigo del comisario... Pinto, se llamaba Pinto, y quedaron que a esa hora una partida iría a Concepción a revisar la casa de Machete. Eso sí, en el club volvieron a citarlo a Machete, lo tuvieron a las vueltas y una hora antes del partido le dijeron “Mirá, Sosa, las cuerdas ésas no están permitidas; andá a cambiarlas”.
A las tres, medio San Juan estaba en el Club. Las sillas se habían acabado y había gente hasta en los árboles. Los árboles no eran los paraísos de ahora… se están muriendo… ¿vieron que hay una peste de paraísos, una peste que no pueden curar? Se van muriendo de a poco, se les ponen rojas la ramas… peste de paraíso… bueno, decía, todavía no estaban los paraísos. Había unas tipas grandotas, tipas hermanas de aquellas inmensas del Parque. Girtlein entró a la cancha cuando dio la hora, atildadito como siempre. Machete no aparecía. Había diez minutos de tolerancia para el walk-over. A las y cinco el público empezó a murmurar. Salvo, no sé… tal vez Girtlein, todos querían que el partido se jugara. Hasta Lampazona y los Guevara querían que se jugara... Machete apareció a las y nueve. Traía la Dunlop con un encordado blanco. De tanza, ésa que usan en las líneas de pesca.
Ya en el peloteo se veía que Machete no dominaba la pelota. Ustedes saben que con esas cuerdas es imposible. Encima, parece que tanta gente lo había puesto nervioso. Empezó el partido y, pobre, ni la olía. Se comió un 6/0 en quince minutos. Girtlein parecía un bailarín: se iba a la red, lo llevaba, lo traía, le hacía toques. Para colmo, cuando Machete la agarraba, la tiraba al alambre.
La verdad que todos estábamos un poco desilusionados; yo, sobre todo, que en secreto cinchaba por Machete. Pero en el segundo las cosas empezaron a cambiar. Machete metía más, parece que se había tranquilizado, y aparecieron otra vez sus mágicos efectos. Terminó ganando 8/6, acuérdense que en esa época no había tie-break. La gente, supongo que los que no eran del Club, se animó a aplaudir.
La historia de la requisa del Comisario la he conocido después, pero la tengo como soldada a la del partido. En aquellos años se me dio por fantasear sobre cómo habían ido superponiéndose los acontecimientos. Aquí Don Mirayes hace un alto. Se saca el sombrero y lo deja sobre sus piernas, Por favor, dice mientras señala con el índice en dirección a Julián para que le sirva vino. Muy amable. Da un trago corto, mira a su auditorio, se aclara la garganta. El comisario Pinto, alcanza a decir, pero se interrumpe para ponerse el sombrero verde. El comisario Pinto que está con dos milicos pispeando a que Machete salga de la casa. Girtlein que gana sus voleas pero, que cuando la pelota pica en su campo, termina hecho un nudo. Pinto que tira abajo la puerta, que apunta para el patio y en una pileta descubre huesos, sangre e intestinos. Machete que quiebra el saque y saca para el partido. Los milicos que rumbean para el fondo y encuentran un horno de panadero con las paredes tibias. Machete que se pone match-point con un drive que descoloca a Girtlein. El Comisario que agarra un papel escrito con letra imprenta, manchado con polvo de ladrillo. Girtlein que tira un revés al fleje, el globito de Machete vuelve regalado. Pinto que desenvuelve el papel y se pone a leer. Girtlein que se adelanta a definir de smash, “Hijo, por favor, quema mi cuerpo...’, pero que se queda con el golpe armado, “...y esparce mis cenizas en la cancha”, porque la pelota queda muerta, como caída a un charco. O, mejor, como si una mano la hubiera agarrado.