lunes 8 de junio de 2009

Trastienda literaria (4 de octubre de 1582)


4 de octubre de 1582


4 de octubre de 1582. Ugo Buocompagni y Hernando Gómez de Lemos ven llegar su hora.

Buocompagni es la persona más importante del mundo. Desde hace diez años ha mudado de Bologna a Roma para ser Gregorio XIII. Mientras echa miradas al reloj de la sala, piensa en el mañana. Se dice que en diez minutos, a la medianoche, su nombre entrará en la historia.

Gómez se siente la persona más infeliz del mundo. Hace ya veinticinco años que ha dejado Málaga para ser un hijodalgo más en las Indias. Prisionero en el lejano San Juan de la Frontera, busca adivinar la hora por la posición de los rayos de sol, que se cuelan entre las cañas. Piensa en mañana, pero en nada confía, y sabe que entrará en el olvido.

No puede saberse, pero podemos suponer que ocurre en esos diez minutos. Buocompagni rememora la antigua historia que lo ha puesto a mirar ese reloj. Todo empieza cuando Julio César, en el 46

a. C., implanta el calendario juliano. Bueno para la época, pero con un error: el año duraba 365,25 días y no –el Papa murmura, recordando las sesiones en la Comisión del Calendario que él mismo ha presidido–: 365,242189. Con el paso de los siglos, el error ha producido un desfase de diez días, que ya molesta en las conmemoraciones. Tomemos Pascua, por ejemplo –dice en su mente Gregorio, repitiendo lo que otras veces–. Sabemos que, desde el Concilio de Nicea, Pascua se festeja el domingo siguiente al plenilunio posterior al equinoccio de primavera. Bien, cuando Nicea, en el 325, el equinoccio fue el 21 de marzo; este año, lo tuvimos el 11 de marzo. Gregorio XIII no se ve haciendo milagros. Se considera, más bien, jurista y científico. Ahora va a poner fin a ese desorden. La reforma del calendario, aprobada hace dos años, comienza a regir justo hoy, a la medianoche del 4 de octubre. Calendario gregoriano, repite Buocompagni varias veces, mientras se acerca la hora.

Gómez también rememora la historia que lo ha puesto a mirar el sol entre las cañas. El larguísimo viaje a Chile, a través del estrecho. Las luchas con el indio. El amor secreto, en brazos de Doña Teresa. La huida desesperada. El cruce de la cordillera blanca. La impiadosa cacería. El bando de Don Martín Ruiz de Gamboa, Capitán General de Chile: Apresad al tal Gómez de Lemos, que se fuga al Tucumán con una señora casada que va contra la voluntad de su marido. Que, como único castigo, el día 5 de octubre, ni más ni menos, quede colgado en la plaza, hasta que naturalmente muera. Le han apresado hace ya un mes, y no tiene escapatoria. Sabe que Ronquillo, el Teniente Corregidor de San Juan, simpatiza con su causa, pero que está atado de pies y manos ante la detallada orden de su superior. Cae la tarde en San Juan. Gómez siente un galope. Fantasea con el brazo largo del rey: Felipe III ha escuchado sus lamentos, su clamor de justicia, y ha mandado un indulto real. Imagina al portador de la cédula, partiendo raudo desde Madrid a Cádiz, contando los días en el viaje hasta el puerto de Santa María del Buen Ayre, y después extenuando caballos hasta estas lejanías. Pero no –se dice Gómez mientras mueve la cabeza–, los tiempos no dan. Ni siquiera el Rey puede salvarme.

Podemos suponer que es entonces cuando confluyen los mundos de Hugo Buocompagni y Hernando Gómez de Lemos. Dan las doce en Roma. Empieza a regir el calendario gregoriano. Cae la tarde en San Juan de la Frontera. El Teniente Corregidor Ronquillo abre la puerta del rancho que ha servido de prisión improvisada. Gregorio, el Papa que no hace milagros, mira las luces de la ciudad, como alguna vez, Julio César. Ha llegado esto –dice Ronquillo a Gómez agitando un papel con una cruz–. Hay un nuevo calendario. Mañana es 15. El día 5 de octubre ha desaparecido.

1 comentarios:

  1. También buenísimo, como lo es la ocurrencia sobre tu "Estado".
    Será porque alguien dijo: "Encuentro mi hogar en el momento presente ..."
    M.T.

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