lunes, 8 de junio de 2009

Trastienda literaria (Historia refugiada)

Historia refugiada

Ésta es la historia de Roland, quien murió hace unos años al arrojarse de un edificio. Me ha recordado otras historias. Comienzo por una de Borges, incluida en Otras inquisiciones. Borges refiere a un libro llamado Biathanatos, escrito por el poeta inglés John Donne a comienzos del siglo XVII. El libro trata sobre el suicidio. Su tesis es que, así como existen homicidios justificables, también hay suicidios que pueden ser justificados. Sin embargo, dice Borges, la obra de Donne tiene un argumento oculto.

Ya volveré sobre ese argumento. Ahora salgo de Borges, aunque quedo cerca, en Bioy Casares. Creo que en Una magia modesta, Bioy cita una curiosidad de Ryūnosuke Akutagawa. Akutagawa se suicidó en 1927; saben que esto no es raro viniendo de un japonés, de un escritor japonés. Bien, poco antes de morir, Akutagawa confeccionó una lista de suicidas famosos. No se apuntó en ella… no sé, yo opino que por modestia. La curiosidad de que Bioy habla es un nombre de esa lista. Al incluirlo, Akutagawa expone crudamente lo que, según Borges, John Donne quiso ocultar –o acaso sugerir–. El nombre es Jesucristo.

Más arriba he dicho que Roland murió hace unos años al arrojarse de un edificio. Les pido que recuerden esta frase. Después les parecerá equívoca, pero no está puesta a la ligera. El incidente de Roland también me ha recordado a Stevenson (notarán que sigo en el entorno de Borges). Estamos en Londres. Es una noche fría. Hay reunión del club, en un antiguo edificio. Los socios se acercan con parsimonia a la mesa circular. Los sonidos se van acallando. Eligen cartas. Una a una, cada cual descubre la suya. La escena es de El club de los suicidas, que el escocés publicó en 1882. Un hombre de levita da vuelta el as de picas. Palidece. La carta designa a la víctima. Poco después, otro socio descubre el as de trébol. Sufre un mareo; se sienta; le ofrecen un trago: es el ejecutor. Dos días más tarde, The Times informa sobre la muerte de un caballero de levita, envenenado por el descuido de un boticario.

Vamos de una vez a nuestra historia: Roland tiene diecinueve años. Vive en Manhattan con sus padres. En el piso once de un edificio de departamentos. Los tres se dan de patadas. Una tarde, Sam, el padre, discute con su esposa en la sala. Los gritos de ambos resuenan en el edificio. En el cuarto, tirado en la cama, Roland tapa sus oídos con la almohada. Maldita, maldita, grita ahora Sam, y busca algo detrás del bargueño. Saca un rifle, tira a un lado la funda y apunta a la mujer. Maldita, vuelve a gritar, y gatilla… No hay explosión. Ella hace una mueca de asco. Otra vez con eso, estúpido, le dice, ¿A quién vas a asustar? En su cama, Roland escucha el portazo que da su padre al salir de casa. Roland se dice que no soportará una más de esas peleas. Se dice que odia depender de ellos. También recuerda sus problemas de dinero, las deudas que, esta vez, el viejo se niega a pagar.

La tarde en que ocurre. Roland se encierra en el cuarto. Pone el disco que compró ayer y se recuesta. La estridente voz del cantante lo traslada a esa misma mañana, cuando estuvo sólo en casa. Memora que entró al dormitorio de su padre. Que buscó en la mesa de luz y bajo la cama. Después en la cómoda. Allí, en el segundo cajón, allí encontró la pequeña caja. Extrajo lo que necesitaba y volvió todo a su lugar. Ya en la sala, sacó el rifle de la funda.

Stop the boat, pronuncia el cantante. Stop the boat, repite Roland, tirado en su cama, con los brazos en la nuca. Se felicita de haber considerado el tema de las huellas. Por un momento quedó paralizado, es cierto. Pero reaccionó rápidamente. Corrió al baño, buscó dos toallas y limpió la culata. Luego, usando las toallas como guantes, tomó el caño y abrió el cerrojo. Dejó una de las toallas y sacó el cartucho del bolsillo. Lo tomó por la vaina y lo hizo girar a izquierda y derecha. Recuerda que la bala emitía reflejos dorados. Después de unos segundos, Roland introdujo el cartucho en la recámara.

Por debajo de la música, Roland escucha que empiezan a discutir. Espera que la segunda canción concluya. Apaga. Vuelve a recostarse y ensaya mentalmente su papel. Sonará el disparo. Él correrá a la sala. Buscará no mirar a la vieja, tirada en el sillón, bajo la ventana. ¿Papá, qué hiciste? ¿Qué hiciste?, gritará. Bien fuerte. Para que los vecinos escuchen. Viejo de mierda, agregará por lo bajo. Luego irá por la Policía.

Pero el tiempo transcurre y, aunque papá y mamá aún discuten, Roland los sabe lejos. Muy lejos del clímax que termina con la escena del rifle. Él se revuelve en la cama. Prende de nuevo la música. El tema 6. Sube el volumen. Se une al cantante para entonar el get-your-gunn, get-your-gunn. Apaga otra vez. Da vueltas por el cuarto. Se decide. Yo pienso que en ese momento activa su plan b. Si no encuentran motivo para discutir, él se los dará. Un buen motivo, piensa, mientras sale del departamento. Trepa hasta el piso quince y de ahí a la terraza. Te odio, papá, anota en un papel que dobla en cuatro y mete en el bolsillo del jean. Se asoma por el borde. Calcula la trayectoria, igual que hizo en la mañana. Retrocede. De un salto se arroja al vacío.

Roland cae de cabeza, como a una pileta. No sabe que su salto es inútil. En el piso once las cosas han tomado su cauce. Sam tiene el rifle. Apunta a la mujer. Esta vez te mataré. Esta vez sí te mataré, le grita. Roland cae. Get-your-gunn, get-your-gunn resuena en su mente. Mira abajo, a la red que en el piso ocho pusieron ayer los limpiadores de ventanas. Esta mañana ha comprobado su firmeza. Sabe que lo sostendrá. El dedo índice de Sam se retrae sobre la palma de la mano y acciona el gatillo. El gatillo estimula la aguja del percutor. La aguja golpea el detonador del cartucho. El detonador explota, produce calor. El calor se traslada a la pólvora. La pólvora genera gases. Los gases impulsan la bala. La mujer trastabilla y cae. Pero el proyectil no la ha tocado. Desde el sillón, ella gira a mirar la ventana rota y grita a su esposo: Idiota, ¿cargaste el arma? Casi me das.

La red de los limpiadores de ventana hace su trabajo. El cuerpo de Roland se hunde en ella como en un capullo y después rebota. Dos. Tres veces. Sin embargo, el muchacho agoniza. Y al rato muere. No por arrojarse del edificio. Les dije. Muere al arrojarse del edificio. Una bala de bronce le ha atravesado el corazón.

Ésa es la historia de Roland. Me ha recordado otras historias. Historias de ficción… Ahora siento que no ha ocurrido. Ni el 23 de marzo de 1994 ni ningún otro día de ningún otro año. Ni en Manhattan ni en ninguna otra parte. Ahora está acomodadita ahí, entre Borges, Bioy, Akutagawa, Stevenson y un lejano poeta del siglo XVII. Un sándwich literario, un tranquilizador acolchado de ficción. Ahora la recuerdo y pienso en libros, en la penumbra de una biblioteca, en el olor del papel. Ya no es real. Sigilosa, la historia ha cruzado la frontera. En el territorio de la ficción. Ahí. Esta historia pide asilo.

1 comentario:

  1. Dura. Lamentablemente más "real" de lo que quisiéramos que sea.
    Real, aunque pida asilo en la ficción.
    Aunque el salto viva en el corazón del hijo y no llegue a escaparse nunca hasta la red del octavo.
    No sé porqué me recuerda otra historia de alguien que quería matar a otro y tenía muchos planes y....Dónde lo leí? Fue Borges? Quizás vos lo sabés...Yo no. Yo no soy una "literata".
    M.T.

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