lunes, 8 de junio de 2009

Nuevo Código Procesal


Esto fue lo que me movió a armar el blog. Había hecho un trabajo a partir del nuevo Código Procesal Civil de la Provincia y quería compartirlo, pero no hallaba cómo. Alejandro, un amigo informático, me orientó hacia el blog. En realidad, hace tiempo que él me sugiere que arme uno, sólo que apuntando a mi faceta de cuentista y no a la de abogado. Pero en fin, aquí estoy; aprovecho para subir otros trabajos jurídicos: por ahora, el Libro de Honorarios y una monografía sobre Audiencia Preliminar que escribí hace unos años. Prometo publicar mi parte del Manual de Gestión judicial (pero recién cuando la tirada se agote: en esto quiero respetar a la Editorial y a los coautores); también me comprometo a ir subiendo capítulos del trabajo sobre Estilo forense, algo que voy escribiendo de a poco. En fin, como el trabajo no es todo, haré caso a mi amigo y subiré unos cuentos en la trastienda del blog.

Aclaraciones sobre el trabajo basado en el CPC

Empecé este trabajo para mí, con el propósito de empezar a captar la reforma. Luego surgió la posibilidad de publicarlo, lo que me hizo variar el formato. Finalmente la publicación en papel no fructificó, lo que, como digo, me ha llevado a publicarlo por esta vía. De todos modos, la versión electrónica tiene una ventaja: el Código ya ha sido reformado dos veces; imagino que habrá otras reformas y supongo que este proceso de acomodamiento puede llevar un buen tiempo. La ventaja es, entonces, la flexibilidad, porque es relativamente sencillo ir arreglando el archivo a medida que las reformas se suceden –lo que, sí, me comprometo a hacer.

Como digo en la Introducción, esta obra carece de mayores pretensiones. Tiene más de artesanal que de jurídico, ya que no incluye opiniones sobre la reforma. Es una comparación del texto nuevo con el anterior, lo que, por supuesto, requiere de una previa concordancia entre los números de artículos. También incluí una serie de notas a pie de página. Las notas tienen finalidad diversa: resaltar algún aspecto importante de la reforma, destacar que un artículo carece de correlato en el Código anterior o que ha sido eliminado del nuevo, explicar que cierto artículo se mueve a tal lugar, etc. Entonces, el lector encontrará: 1) concordancias numéricas; 2) comparación entre el texto nuevo y el anterior (cuyas semejanzas y diferencias se marcan tipográficamente); 3) las notas.

La ventaja del trabajo es que tiene los dos Códigos. Sus desventajas, que es largo y que la superposición de los dos cuerpos complica a veces la lectura. Considero, por eso, que su utilidad es limitada: 1) Por empezar, no lo recomiendo a los estudiantes de Derecho Procesal. Ellos sacarán más provecho de una versión limpia del nuevo Código. 2) En cambio, supongo que será útil para el resto: los que ya conocen el viejo Código y han de tomarlo como forzoso punto de partida. Sin embargo, también creo que la utilidad estará limitada a los primeros tiempos, al lapso de adaptación al nuevo Código.

Instrucciones para bajar el archivo

Deben hacer clic en el vínculo de debajo. Tengan paciencia, el archivo demora un poco en cargarse. Está en PDF, así que lo abre directamente el Acrobat. Supongo que si no tienen el Acrobat en sus máquinas, se les dará la opción de descargar el programa. Ya en el archivo, les conviene guardar una copia en sus equipos (comando "Archivo"/"Guardar como"). Después verán si vale la pena imprimirlo.

Bueno, eso, espero que les sirva... Ah, una última cosa: el trabajo está en construcción, así que comentarios y sugerencias serán bienvenidos.


BAJAR EL CPC


Libro "Honorarios"


Aquí encontrarán el libro de honorarios (Honorarios de abogados - Ley 2150 comentada), que publicó la Editorial de la Universidad Nacional de San Juan). Está agotado, y por eso no hay problema en que lo suba. Hace tiempo que tengo intenciones de armar una segunda edición: nunca me hago tiempo. Pero ahora se modificaron algunos artículos de la Ley, así que va llegando la hora.


Instrucciones para bajar el archivo

Las instrucciones son las mismas que en el caso del Código: deben hacer clic en el vínculo de abajo. Tengan paciencia, porque demora un poco en cargarse. El archivo está en PDF, así que se abre el Acrobat y ahí aparece. Ya en el archivo, guarden una copia en sus equipos; luego, desde el mismo Acrobat, podrán imprimirlo.


BAJAR EL LIBRO


Trabajo sobre Audiencia Preliminar



Ésta es una monografía de Posgrado, que quedó inédita. Trata el tema de audiencia preliminar; tiene una parte teórica y otra práctica (una experiencia de audiencia preliminar de cuando yo era Secretario en el 8º Juzgado). Tiene unos años y por eso le faltaría alguna actualización, pero sigue satisfaciéndome bastante.

Instrucciones para bajar el archivo

Iguales que para los otros archivos: a) hagan clic en el vínculo de abajo; b) tengan paciencia (demora un poco en cargarse); c) cuando se abre el Acrobat y el archivo se carga, pueden guardar una copia en sus equipos y luego imprimirlo.


BAJAR EL TRABAJO


Trastienda literaria (Lo viste en las noticias)

Como anuncié, acá viene la faceta de narrador. Subo, por ahora, cinco cuentos. Ahí van:



Lo viste en las noticias

Voy por el fin de semana. Paseo por la Peatonal Sarmiento, recordando viejos tiempos. Compro Ñ. Me siento en la vereda de un café, no en el de la esquina de San Martín sino un poco más allá. Pido un cortado. Oteo el horizonte femenino.

–¡Pablito! –dice alguien, al rato.

Es Lalo, viejo compañero de aventuras. Tiempo, décadas, que no nos vemos.

Se sienta y pide una coca. Hablamos de bueyes y del resto de las cosas que hemos ido perdiendo. En un momento, le recuerdo a Little Nemo, a los primeros años del Expreso y la idea de irnos al Bolsón. Entrecierra los ojos, me mira fijo por un instante y larga un suspiro. Después, por lo bajo, empieza a cantar:

Recoge tus cosas, y largo deaquí, en nombre de Cristo, no quieras seguir, si nadie me acepta, okey ya me iré, estoyes perando, que llegue mi tren... La lalalalá, lalalalá...

Cuando termina, da un sorbo a la coca, se incorpora del respaldo y dice:

–Vos sabés que lo mataba, ¿eh?

–¿A quién? ¿Quién?

Se masajea la frente y cuenta la historia:

–Y fue medio culpa mía. ¿Te acordás de mi viejo, el tano? –Asiento con la cabeza y él sigue–: Era fatal, vos sabés, obsesivo de su laburo, ahí en la Estación, medio... no, no, bruto, directamente; para él, yo tenía que estudiar, nada más; no quería saber nada con el rock ni con el pelo largo. Yo no le encontraba la vuelta. Al principio, no sé si te acordás, ni a los recitales de Altablanca podía ir. Se me ocurrió... en fin. Viste esa canción, Bienvenidos al tren. Le dije que Charly era hijo de un ferroviario, que era una especie de homenaje, qué se yo. Le grabé un cassette con ese y otros temas, y se empezó a interesar. A los días, estaba dale que dale con el cassette, loco estaba. Yo, te imaginás, gloria: recitales, pelito, todo.

Una promotora se acerca a la mesa y deja un folleto de una bebida energizante. Lalo sigue contando:

–Y yo... le fui creando... así como una –junta las yemas de los dedos de las dos manos– relación entre lo ferroviario y el rock nacional, pero, te diría, centrado en Charly. Estaba atento, y cada vez que aparecía algo, se lo grababa, y le hacía el verso, ya era más bien para conformarlo, para seguir con la historia, ¿entendés? Así le conseguí Toma dos Blues, también de Sui, que tiene un tren por ahí. Otro, a ver, dejame que piense...

Unos segundos después, dice:

–Sí –y canta–: Bienvenidos a la ruuta perdedoora... Ése era de La Máquina, claro, y después vino: Se vael tren, se va lejos, cuántos hay en la estación... Ése ya era de Serú. Hasta le conseguí otros trenes, como aquél del flaco, que en realidad había sido el primero. –Con voz finita, canta–: Toma el tren haciael sur. O ése otro del Carpo –ahora engrosa la voz–: El tren... de la hoora dieciséis. El problema empezó cuando privatizaron y lo echaron. Noventa y... dos. Él trabajaba en el Sarmiento, ¿no? Se me vino abajo y, parece mentira, pero así son las cosas, se la pasaba escuchando los cassettes de Charly, eso lo mantenía. Después... después se juntaron dos cosas. El tano lo odiaba a Menem, ¿no?, por lo de las privatizaciones y eso. Cuando supo que Charly era amigo del turco, se le vino el alma al piso. Y claro, se sintió... qué te diría, traicionado, y yo, ¿qué querés?, no podía desengañarlo a esa altura...

Lalo termina la coca, y mirando hacia arriba, como para el edificio de Citibank, sigue contando:

–El tema es que, como es de bueno, puede ser... mala gente. Y justo a Charly, nada menos que a él (ya terminaba el recital ahí en el Malvinas, yo lo había llevado al tano para distraerlo), se le ocurre hacer No voy en tren, voy en avión. ¿Podés imaginarte al tano? A la salida caminábamos. Iba con una cara de orto... Pero te juro que no lo vi venir. A la mañana del otro día, yo estaba todavía en la cama, escucho que dice, voy a matar a un traidor y la puerta de calle que se cierra. Me entra por un oído, viste, cuando uno está medio dormido. Recién al rato me avivo. Como loco me visto. Veo que se ha ido en la bici. Salgo. Busco un taxi. No encuentro. Me largo a correr. Pero son como treinta cuadras, ¿te ubicás?, a la quinta tiro los bofes. ¿Qué hago, qué hago? Vos sabés, yo nunca he sido religioso, no creo, no creía en nada. Pero, ¿qué iba a hacer? Me pongo a rezar...

Baja la vista y me mira a los ojos. Niega con la cabeza y se muerde los labios. Sigue:

–¿Y a quién invoco? –sonríe apenas y se rasca la mejilla– al Gurú Maharaji, qué sé yo, no me preguntés por qué... estaba mezclado con el rock, no sé.

Se detiene, inclina la cabeza a un lado y agranda los ojos:

–Te imaginás... yo haciendo las últimas cuadras, corriendo de nuevo, con el corazón a full, diciendo, Salvalo. Salvalo. Salvalo.

–¿Y?

Lalo resopla.

–Lo salvó, nomás, el Gurú.

Levanta los hombros, agarra el vaso vacío, y después de un instante dice:

–Fue y le puso una pileta abajo. Lo viste en las noticias. Seguro.

Trastienda literaria (Machete Sosa)

Machete Sosa

Juntada de los miércoles. Hoy cocina Marcelo: su famoso pollo al disco. Ya llegaron Daniel, Julián, Trivi con su papá. Esta noche ha caído Don Mirayes, nada menos. Éste es un Club de locos, decimos a veces, tiene, ha tenido, cada personaje. Empezamos a contar y caen los nombres: Maicenita Illanes, Ernestito Fernández, Juancito Arce. La lista es larga: Don Mirayes suele formar parte. Pero ojo que no le preocupa; apoyado en su colección de sombreros exóticos, en sus comentarios descolgados, en sus historias imposibles, Mirayes se esfuerza, o eso parece, por encabezar el elenco. Suponemos que ya tiene ochenta, aunque un día te dice Soy un pibe de sesenta y dos, y al siguiente, El mes que viene cumplo los noventa. ¿Usted me ve bien conservado? De todos modos y mal que nos pese, Don Mirayes es la memoria viviente del Club. Él mismo lo proclama. Lo que sí, confiamos poco en esa memoria. A veces miente sin empacho, uno no sabe si de mala gente, de olvidadizo o nomás por hacerse el raro. Otras dice cosas muy creíbles y que das por sentadas, hasta que al tiempo las contradice con nuevas historias.
Septiembre. La época en que empezamos a dejar la cantina y comemos fuera. Una de esas noches sanjuaninas que invitan a la charla y al vino tinto. Marcelo ha puesto el disco sobre la base del parrillero. Ya echó el pollo y el pimiento y ahora, inclinado sobre la barra, termina de picar las cebollas. Los demás estamos a la mesa, que esta noche nos armaron sobre el césped, junto al frontón. Daniel comenta algo que ha leído en Internet. Dice que todos los átomos que existen nacieron en el centro de alguna estrella hace millones de años; que eso incluye a los átomos de nuestro cuerpo. Uno dice Vos naciste en una estrella doble, el otro contesta Vos en un agujero negro, y sigue una serie de chistes sobre la estrella, el planeta o el meteorito de que cada uno viene. Es entonces cuando empieza a oírse a Don Mirayes. Al principio apenas murmura. Comienza a elevar la voz recién cuando las otras se acallan.
…chico sin condiciones, pero que tenía un corazón de fierro. La época en que el club recién se fundaba, había una sola cancha, ésta, la Uno, que era la única de San Juan. Después pusieron otra en Caucete. Don Mirayes se detiene, nos observa y sin variar su gesto parece sonreír. Su mirada se topa con el sombrero. Hoy trajo uno tipo hongo, verde, de fieltro, que al llegar dejó sobre la mesa. Don Mirayes contempla el sombrerito durante unos segundos, enseguida lo toma con el pulgar y el índice de cada mano y en el mismo movimiento se lo acomoda en la cabeza. Yo era purrete, como se decía, siete, creo, siete años tenía. Mi padre trabajaba en el ferrocarril, los sábados nos pasábamos todo el día en el Club, y en la semana yo también venía a la Escuela de Tenis. Le decían Machete, era el hijo de Don Sosa, el canchero. Don Sosa había hecho las canchas del Andino, en Mendoza, y de ahí lo buscaron para hacer las del Club. La idea era que hiciera dos, las dos de acá adelante, pero se murió antes de poder hacer la Dos. La Cancha Uno era la niña de sus ojos. Decía, bueno, yo no lo escuché, mi padre me ha contado, decía que era una cancha perfecta, una cancha con la orientación justa, que drenaba como ninguna, que ni Roland Garrós… Pobrecito, ahí se murió, en “su” cancha, mientras pasaba el rodillo. Quedó colgando de la manija, doblado por la panza. Las mujeres del club pensaban que estaba borracho, empezaron a murmurar “Una vergüenza, una vergüenza”. Al rato, cuando alguien se animó a ir…
Ése fue el principio. Dicen que Machete retiró el cuerpo y se lo llevó en el cajón de la bicicleta. Los dos vivían solos en una casita de Concepción. Tenían como veinte perros y no se les conocían parientes. Nunca supe de la madre de Machete. Pasaron dos días, tres días, no más que eso. Machete apareció como si nada, agarró la rastra, la escoba y se puso a arreglar la cancha.
Les dije, ¿o no? Me olvido de las cosas. Machete era un queso. Lo que sí, era un reggianito, o un sardo bien estacionado: duro, duro, como él sólo. La verdad, no sé por qué lo dejaban jugar. Éramos pocos en el Club, pero la gente era muy selectiva, había muchos ingleses, jefes de mi padre en el ferrocarril. Así que ahora no me explico bien porqué era que lo dejaban jugar. Será que se había criado en el Club, no sé. Machete era malo, pero insistía. Horas se pasaba en el frontón, dándole y dándole. Cuando después escuché la historia de Vilas, allá en el Náutico, en Mar del Plata, me acordé de él, ¿en algo, no?
No sé si saben, pero en aquella época el revés era todo con slice, eso fue hasta que vino Donald Budge. Tampoco nadie le pegaba con las dos manos, era como una afrenta. Bueno, Machete jugaba todo con dos manos. Hasta el saque. El saque era una risa. Con la izquierda tiraba la pelota, bien alta, después agarraba la raqueta con las dos y le daba. Era, no sé, como si pescara. Así con todos los golpes: drive, revés, volea y smash… aunque ahora que lo pienso creo que no lo vi nunca en la red. Machete era flaquito, no le daba fuerte y de técnica era un desastre. Ahora, no saben lo que corría ese cristiano, no saben las ganas que le ponía.
Todos estamos enganchados. También Marcelo ha venido a sentarse. Ahora se incorpora para servir tinto a Mirayes, todos acercamos los vasos. La cebolla da chirridos en el disco y larga un aroma dulzón. Trivi dice Déle viejo, cuente, que hoy se ha venido inspirado. Mirayes toma un trago, se saca el sombrero, le alisa los bordes, vuelve a ponérselo, continúa Bueno, pasó que la Comisión Directiva organizó un torneo en homenaje a Don Sosa. Invitaron a los mejores del club. También le dijeron a Machete, como homenaje al padre, nada más. En todo caso no les preocupaba: Machete perdía seguro en primera rueda.
Preclasificado uno salía Girtlein. Era, lejos, el mejor jugador de acá. Un tipo muy técnico, llegó a jugar con Furlong. Los otros peleaban el subcampeonato; salvo Machete, por supuesto, que no podía ganarle a nadie. El torneo empezó un sábado, pusieron sillas de los dos lados, donde ahora está la cancha Dos y donde está la pileta. Girtlein ganó fácil su partido; la sorpresa la dio Machete: nadie estuvo muy atento, pero le ganó cómodo al flaco Tamer, que jugaba… jugaba bastante. ¡Cómo lo cargaron al flaco! Me acuerdo bien porque mi padre estaba sentado con él en la galería, allá donde ahora está la cantina, y todos venían a decirle algo. La segunda ronda era el domingo y ahí muchos se acercaron a ver el partido de Machete. Jugaba contra el Moncho Guevara, un grandote que le daba duro. Machete había ganado pero nadie pensaba que tuviera posibilidad. Ese día apareció con una raqueta nueva, aunque alguien comentó que ya la había usado en el primer partido. Una cosa rarísima, blanca y medio tirando a cuadrada; para colmo, encordada con unas cuerdas amarillas que eran como una lija. El partido fue parejo. El Moncho atacaba, Machete se defendía con uñas y dientes. Llegaba a un lado, tiraba un globito con el revés a dos manos y de nuevo corría a buscar el próximo bombazo. Moncho ganó el primer set, creo que 6/4, pero se veía que estaba cansado. Machete ganó el segundo 7/5; el tercero estaba parejo. Cuando Moncho sacaba 4/5 hubo como unas oleadas de viento, unos malos piques, y Moncho tiró los cuatro tantos al alambrado. ¡Nadie podía creerlo! Machete saltaba de alegría… y la cara del Moncho... “Dejo el tenis, dejo el tenis”, decía… Como si fuera hoy, lo escucho como si fuera hoy.
Marcelo se escabulle a quitarle fuego al disco. Don Mirayes sigue contando El torneo terminaba al otro fin de semana. En las semifinales quedaban: de un lado, Lampazona con Machete; del otro, Girtlein, que había perdido nada más que tres games, con Rovira... don Ernesto, lo conocieron, ¿o no?, ¿se acuerdan?; murió… hace unos años. Durante la semana, empezaron a hablar de Machete. La más enojada era la mujer de Guevara: “Machete no es socio, no puede jugar.” Por supuesto que no le dieron bola con eso, y entonces la mujer empezó a quejarse de cualquier cosa. Hasta averiguaron, me acuerdo, si era reglamentario jugar con las dos manos... Tipo miércoles o jueves empezaron a hablar de la raqueta. Fueron otra vez al reglamento, a ver si la raqueta estaba permitida. Se la pidieron a Machete. No sé cómo fue la cosa, parece que ponía excusas, me la olvidé, ahora no puedo, ya la traigo... El sábado a la mañana le dijeron directamente: “La raqueta no está permitida. Tenés que jugar con otra.” Machete contesta “No tengo”, y ellos, “Problema tuyo”. Sin embargo, al rato le consiguieron una: la Comisión quedaba mal si él perdía por eso. Era, me acuerdo, una “Dunlop Maxply”, de los primeros modelos que salieron. Machete agarró la Dunlop y dio media vuelta. A la hora del partido la tenía encordada con sus cuerdas amarillas.
Lampazona era buen jugador, medio flojo de revés, aunque sacaba como una mula. Entró confiado, pensando que a Machete el tema de la raqueta lo cocinaba. Algo de eso hubo porque al principio el pobre no daba pié con bola, hasta le erraba a la pelota. Perdió a 2 el primer set. Después… después empezaron a pasar cosas raras: los saques de Lampa parecían aces, pero la pelota picaba, se levantaba como globo y le quedaba servida a Machete; los globitos de Machete iban a media cancha pero picaban para cualquier lado y, si no, se morían. Lampazona estaba como loco. Hasta gritaba en la cancha. En aquellos tiempos estaba muy mal visto. No como ahora que… Bueno, ustedes saben. Al principio, la gente creyó que era un tema del viento pero corría nada más que una brisita y encima la pelota iba una vez para acá y la próxima para allá. Bueno, Machete ganó el segundo, cómodo, no me acuerdo cuánto, y el tercero, 6/3. Terminó el partido y la cancha quedó en silencio. Yo y otros chicos quisimos aplaudir, mi padre nos calló con un chistido. Lampazona ni lo saludó a Machete y salió como un rayo. Machete metió la raqueta en su bolsa y con la cabeza en alto rumbeó derecho para la puerta.
Girtlein había ganado cómodo otra vez. Un jugador muy técnico, llegó a jugar con Morea, ¿les dije? Era el único que hacía saque y volea, toda una novedad en aquella época. El hombre no podía darse el lujo de perder. Se puso a investigar el asunto a través de algunos otros socios. Ahí empezaron a contarse cosas macabras. Ustedes saben cómo es esto en el Club, al día siguiente todo el mundo habla de eso. Uno se acordó de que nadie había ido al entierro de Don Sosa, y, como vivían solos, la gente se largó a imaginar lo peor. Para qué les voy a decir, se acordaron de la raqueta blanca que había usado Machete, de esas cuerdas extrañas... Ustedes saben que antes las cuerdas eran de tripa, tripa de cerdo o de gato, bastante después salieron las sintéticas...
Por supuesto que yo me enteré de estas cosas mucho después, ya de grande. En el ‘59 lo encontré a Machete en San Rafael, en la Estación de trenes. Me sorprendí al verlo. Estaba flaco, muy cambiado, todavía parecía huir. Era una noche fría y nos cruzamos a tomar unos tragos a un barcito frente a la Estación. Ahí me confesó todo.
Che, disculpen, dice Marcelo, pero el pollo no aguanta más, tengo que servir. Don Mirayes deja el sombrero sobre la mesa. Mientras nos acomodamos llega Carlos, él vive con otro huso horario. Aprovechamos para llenar los vasos. Mirayes toma un trago largo, levanta la cabeza y se pone a mirar las estrellas. Los demás cruzamos miradas en silencio. Marcelo trae el disco, lo apoya en una mesita de metal, pide los platos y empieza a servir. Don Mirayes acerca su rostro al plato. Mmm, dice, mientras huele. Espera a que Marcelo se siente, vuelve a calzarse el sombrero y arranca otra vez La final era el domingo a las tres y la verdad que no tenían nada contra Machete. Pero Lampazona era amigo del comisario... Pinto, se llamaba Pinto, y quedaron que a esa hora una partida iría a Concepción a revisar la casa de Machete. Eso sí, en el club volvieron a citarlo a Machete, lo tuvieron a las vueltas y una hora antes del partido le dijeron “Mirá, Sosa, las cuerdas ésas no están permitidas; andá a cambiarlas”.
A las tres, medio San Juan estaba en el Club. Las sillas se habían acabado y había gente hasta en los árboles. Los árboles no eran los paraísos de ahora… se están muriendo… ¿vieron que hay una peste de paraísos, una peste que no pueden curar? Se van muriendo de a poco, se les ponen rojas la ramas… peste de paraíso… bueno, decía, todavía no estaban los paraísos. Había unas tipas grandotas, tipas hermanas de aquellas inmensas del Parque. Girtlein entró a la cancha cuando dio la hora, atildadito como siempre. Machete no aparecía. Había diez minutos de tolerancia para el walk-over. A las y cinco el público empezó a murmurar. Salvo, no sé… tal vez Girtlein, todos querían que el partido se jugara. Hasta Lampazona y los Guevara querían que se jugara... Machete apareció a las y nueve. Traía la Dunlop con un encordado blanco. De tanza, ésa que usan en las líneas de pesca.
Ya en el peloteo se veía que Machete no dominaba la pelota. Ustedes saben que con esas cuerdas es imposible. Encima, parece que tanta gente lo había puesto nervioso. Empezó el partido y, pobre, ni la olía. Se comió un 6/0 en quince minutos. Girtlein parecía un bailarín: se iba a la red, lo llevaba, lo traía, le hacía toques. Para colmo, cuando Machete la agarraba, la tiraba al alambre.
La verdad que todos estábamos un poco desilusionados; yo, sobre todo, que en secreto cinchaba por Machete. Pero en el segundo las cosas empezaron a cambiar. Machete metía más, parece que se había tranquilizado, y aparecieron otra vez sus mágicos efectos. Terminó ganando 8/6, acuérdense que en esa época no había tie-break. La gente, supongo que los que no eran del Club, se animó a aplaudir.
La historia de la requisa del Comisario la he conocido después, pero la tengo como soldada a la del partido. En aquellos años se me dio por fantasear sobre cómo habían ido superponiéndose los acontecimientos. Aquí Don Mirayes hace un alto. Se saca el sombrero y lo deja sobre sus piernas, Por favor, dice mientras señala con el índice en dirección a Julián para que le sirva vino. Muy amable. Da un trago corto, mira a su auditorio, se aclara la garganta. El comisario Pinto, alcanza a decir, pero se interrumpe para ponerse el sombrero verde. El comisario Pinto que está con dos milicos pispeando a que Machete salga de la casa. Girtlein que gana sus voleas pero, que cuando la pelota pica en su campo, termina hecho un nudo. Pinto que tira abajo la puerta, que apunta para el patio y en una pileta descubre huesos, sangre e intestinos. Machete que quiebra el saque y saca para el partido. Los milicos que rumbean para el fondo y encuentran un horno de panadero con las paredes tibias. Machete que se pone match-point con un drive que descoloca a Girtlein. El Comisario que agarra un papel escrito con letra imprenta, manchado con polvo de ladrillo. Girtlein que tira un revés al fleje, el globito de Machete vuelve regalado. Pinto que desenvuelve el papel y se pone a leer. Girtlein que se adelanta a definir de smash, “Hijo, por favor, quema mi cuerpo...’, pero que se queda con el golpe armado, “...y esparce mis cenizas en la cancha”, porque la pelota queda muerta, como caída a un charco. O, mejor, como si una mano la hubiera agarrado.

Trastienda literaria (Causalidad)

Causalidad

Con casi cinco siglos de antigüedad, la Royal Society of London es una de las instituciones científicas más antiguas del mundo. Fácil es imaginar que, después de tantos años, sus archivos registran algunas historias curiosas. Ninguna tan insólita, probablemente, como la derivada de un planteo efectuado en 1745 por Mr. Timothy Dalton-Ferry.

Dalton-Ferry se presentó en nombre de su extinto abuelo, Richard P. Dalton. Reclamaba para su familia la paternidad sobre aquel descubrimiento que reveló el significado físico de las tres leyes de Kepler; que resolvió el problema del origen de las mareas; y que vino a explicar por qué, como había observado anteriormente Galileo, el movimiento de un objeto en caída libre es independiente de su peso.

En otro ámbito, la petición hubiese sido rápidamente denegada. Sin embargo, el asunto provocó intensas discusiones en el seno de la sociedad. Si finalmente se rechazó el planteo, fue más por consideración a la persona del “verdadero descubridor”, distinguido miembro recientemente fallecido, que por razones científicas.

Richard P. Dalton había nacido en 1640 en un pueblo llamado Grantham, Condado de Lincolnshire. Dalton-Ferry lo presenta como un iluminado pero sus descripciones bien permiten imaginarlo como un bueno para nada. De niño, su principal ocupación parece haber sido gastar chanzas a sus compañeros de la Free Grammar School. Ya adulto, se habría transformado en el bromista del lugar, magistratura que ejerció de manera plena e indiscriminada hasta el final de sus días.

Durante el verano de 1667, Richard se ensañó con un antiguo compañero, retornado circunstancialmente a Grantham por la peste que el año anterior se había desatado en Cambridge. Dalton-Ferry describe con detalles la escena. El abuelo Richard ingresaba a un huerto y subía a cierto árbol. Esperaba. Llegado el momento, dejaba caer una manzana sobre la cabeza del abstraído Isaac Newton.

Trastienda literaria (4 de octubre de 1582)


4 de octubre de 1582


4 de octubre de 1582. Ugo Buocompagni y Hernando Gómez de Lemos ven llegar su hora.

Buocompagni es la persona más importante del mundo. Desde hace diez años ha mudado de Bologna a Roma para ser Gregorio XIII. Mientras echa miradas al reloj de la sala, piensa en el mañana. Se dice que en diez minutos, a la medianoche, su nombre entrará en la historia.

Gómez se siente la persona más infeliz del mundo. Hace ya veinticinco años que ha dejado Málaga para ser un hijodalgo más en las Indias. Prisionero en el lejano San Juan de la Frontera, busca adivinar la hora por la posición de los rayos de sol, que se cuelan entre las cañas. Piensa en mañana, pero en nada confía, y sabe que entrará en el olvido.

No puede saberse, pero podemos suponer que ocurre en esos diez minutos. Buocompagni rememora la antigua historia que lo ha puesto a mirar ese reloj. Todo empieza cuando Julio César, en el 46

a. C., implanta el calendario juliano. Bueno para la época, pero con un error: el año duraba 365,25 días y no –el Papa murmura, recordando las sesiones en la Comisión del Calendario que él mismo ha presidido–: 365,242189. Con el paso de los siglos, el error ha producido un desfase de diez días, que ya molesta en las conmemoraciones. Tomemos Pascua, por ejemplo –dice en su mente Gregorio, repitiendo lo que otras veces–. Sabemos que, desde el Concilio de Nicea, Pascua se festeja el domingo siguiente al plenilunio posterior al equinoccio de primavera. Bien, cuando Nicea, en el 325, el equinoccio fue el 21 de marzo; este año, lo tuvimos el 11 de marzo. Gregorio XIII no se ve haciendo milagros. Se considera, más bien, jurista y científico. Ahora va a poner fin a ese desorden. La reforma del calendario, aprobada hace dos años, comienza a regir justo hoy, a la medianoche del 4 de octubre. Calendario gregoriano, repite Buocompagni varias veces, mientras se acerca la hora.

Gómez también rememora la historia que lo ha puesto a mirar el sol entre las cañas. El larguísimo viaje a Chile, a través del estrecho. Las luchas con el indio. El amor secreto, en brazos de Doña Teresa. La huida desesperada. El cruce de la cordillera blanca. La impiadosa cacería. El bando de Don Martín Ruiz de Gamboa, Capitán General de Chile: Apresad al tal Gómez de Lemos, que se fuga al Tucumán con una señora casada que va contra la voluntad de su marido. Que, como único castigo, el día 5 de octubre, ni más ni menos, quede colgado en la plaza, hasta que naturalmente muera. Le han apresado hace ya un mes, y no tiene escapatoria. Sabe que Ronquillo, el Teniente Corregidor de San Juan, simpatiza con su causa, pero que está atado de pies y manos ante la detallada orden de su superior. Cae la tarde en San Juan. Gómez siente un galope. Fantasea con el brazo largo del rey: Felipe III ha escuchado sus lamentos, su clamor de justicia, y ha mandado un indulto real. Imagina al portador de la cédula, partiendo raudo desde Madrid a Cádiz, contando los días en el viaje hasta el puerto de Santa María del Buen Ayre, y después extenuando caballos hasta estas lejanías. Pero no –se dice Gómez mientras mueve la cabeza–, los tiempos no dan. Ni siquiera el Rey puede salvarme.

Podemos suponer que es entonces cuando confluyen los mundos de Hugo Buocompagni y Hernando Gómez de Lemos. Dan las doce en Roma. Empieza a regir el calendario gregoriano. Cae la tarde en San Juan de la Frontera. El Teniente Corregidor Ronquillo abre la puerta del rancho que ha servido de prisión improvisada. Gregorio, el Papa que no hace milagros, mira las luces de la ciudad, como alguna vez, Julio César. Ha llegado esto –dice Ronquillo a Gómez agitando un papel con una cruz–. Hay un nuevo calendario. Mañana es 15. El día 5 de octubre ha desaparecido.

Trastienda literaria (Historia refugiada)

Historia refugiada

Ésta es la historia de Roland, quien murió hace unos años al arrojarse de un edificio. Me ha recordado otras historias. Comienzo por una de Borges, incluida en Otras inquisiciones. Borges refiere a un libro llamado Biathanatos, escrito por el poeta inglés John Donne a comienzos del siglo XVII. El libro trata sobre el suicidio. Su tesis es que, así como existen homicidios justificables, también hay suicidios que pueden ser justificados. Sin embargo, dice Borges, la obra de Donne tiene un argumento oculto.

Ya volveré sobre ese argumento. Ahora salgo de Borges, aunque quedo cerca, en Bioy Casares. Creo que en Una magia modesta, Bioy cita una curiosidad de Ryūnosuke Akutagawa. Akutagawa se suicidó en 1927; saben que esto no es raro viniendo de un japonés, de un escritor japonés. Bien, poco antes de morir, Akutagawa confeccionó una lista de suicidas famosos. No se apuntó en ella… no sé, yo opino que por modestia. La curiosidad de que Bioy habla es un nombre de esa lista. Al incluirlo, Akutagawa expone crudamente lo que, según Borges, John Donne quiso ocultar –o acaso sugerir–. El nombre es Jesucristo.

Más arriba he dicho que Roland murió hace unos años al arrojarse de un edificio. Les pido que recuerden esta frase. Después les parecerá equívoca, pero no está puesta a la ligera. El incidente de Roland también me ha recordado a Stevenson (notarán que sigo en el entorno de Borges). Estamos en Londres. Es una noche fría. Hay reunión del club, en un antiguo edificio. Los socios se acercan con parsimonia a la mesa circular. Los sonidos se van acallando. Eligen cartas. Una a una, cada cual descubre la suya. La escena es de El club de los suicidas, que el escocés publicó en 1882. Un hombre de levita da vuelta el as de picas. Palidece. La carta designa a la víctima. Poco después, otro socio descubre el as de trébol. Sufre un mareo; se sienta; le ofrecen un trago: es el ejecutor. Dos días más tarde, The Times informa sobre la muerte de un caballero de levita, envenenado por el descuido de un boticario.

Vamos de una vez a nuestra historia: Roland tiene diecinueve años. Vive en Manhattan con sus padres. En el piso once de un edificio de departamentos. Los tres se dan de patadas. Una tarde, Sam, el padre, discute con su esposa en la sala. Los gritos de ambos resuenan en el edificio. En el cuarto, tirado en la cama, Roland tapa sus oídos con la almohada. Maldita, maldita, grita ahora Sam, y busca algo detrás del bargueño. Saca un rifle, tira a un lado la funda y apunta a la mujer. Maldita, vuelve a gritar, y gatilla… No hay explosión. Ella hace una mueca de asco. Otra vez con eso, estúpido, le dice, ¿A quién vas a asustar? En su cama, Roland escucha el portazo que da su padre al salir de casa. Roland se dice que no soportará una más de esas peleas. Se dice que odia depender de ellos. También recuerda sus problemas de dinero, las deudas que, esta vez, el viejo se niega a pagar.

La tarde en que ocurre. Roland se encierra en el cuarto. Pone el disco que compró ayer y se recuesta. La estridente voz del cantante lo traslada a esa misma mañana, cuando estuvo sólo en casa. Memora que entró al dormitorio de su padre. Que buscó en la mesa de luz y bajo la cama. Después en la cómoda. Allí, en el segundo cajón, allí encontró la pequeña caja. Extrajo lo que necesitaba y volvió todo a su lugar. Ya en la sala, sacó el rifle de la funda.

Stop the boat, pronuncia el cantante. Stop the boat, repite Roland, tirado en su cama, con los brazos en la nuca. Se felicita de haber considerado el tema de las huellas. Por un momento quedó paralizado, es cierto. Pero reaccionó rápidamente. Corrió al baño, buscó dos toallas y limpió la culata. Luego, usando las toallas como guantes, tomó el caño y abrió el cerrojo. Dejó una de las toallas y sacó el cartucho del bolsillo. Lo tomó por la vaina y lo hizo girar a izquierda y derecha. Recuerda que la bala emitía reflejos dorados. Después de unos segundos, Roland introdujo el cartucho en la recámara.

Por debajo de la música, Roland escucha que empiezan a discutir. Espera que la segunda canción concluya. Apaga. Vuelve a recostarse y ensaya mentalmente su papel. Sonará el disparo. Él correrá a la sala. Buscará no mirar a la vieja, tirada en el sillón, bajo la ventana. ¿Papá, qué hiciste? ¿Qué hiciste?, gritará. Bien fuerte. Para que los vecinos escuchen. Viejo de mierda, agregará por lo bajo. Luego irá por la Policía.

Pero el tiempo transcurre y, aunque papá y mamá aún discuten, Roland los sabe lejos. Muy lejos del clímax que termina con la escena del rifle. Él se revuelve en la cama. Prende de nuevo la música. El tema 6. Sube el volumen. Se une al cantante para entonar el get-your-gunn, get-your-gunn. Apaga otra vez. Da vueltas por el cuarto. Se decide. Yo pienso que en ese momento activa su plan b. Si no encuentran motivo para discutir, él se los dará. Un buen motivo, piensa, mientras sale del departamento. Trepa hasta el piso quince y de ahí a la terraza. Te odio, papá, anota en un papel que dobla en cuatro y mete en el bolsillo del jean. Se asoma por el borde. Calcula la trayectoria, igual que hizo en la mañana. Retrocede. De un salto se arroja al vacío.

Roland cae de cabeza, como a una pileta. No sabe que su salto es inútil. En el piso once las cosas han tomado su cauce. Sam tiene el rifle. Apunta a la mujer. Esta vez te mataré. Esta vez sí te mataré, le grita. Roland cae. Get-your-gunn, get-your-gunn resuena en su mente. Mira abajo, a la red que en el piso ocho pusieron ayer los limpiadores de ventanas. Esta mañana ha comprobado su firmeza. Sabe que lo sostendrá. El dedo índice de Sam se retrae sobre la palma de la mano y acciona el gatillo. El gatillo estimula la aguja del percutor. La aguja golpea el detonador del cartucho. El detonador explota, produce calor. El calor se traslada a la pólvora. La pólvora genera gases. Los gases impulsan la bala. La mujer trastabilla y cae. Pero el proyectil no la ha tocado. Desde el sillón, ella gira a mirar la ventana rota y grita a su esposo: Idiota, ¿cargaste el arma? Casi me das.

La red de los limpiadores de ventana hace su trabajo. El cuerpo de Roland se hunde en ella como en un capullo y después rebota. Dos. Tres veces. Sin embargo, el muchacho agoniza. Y al rato muere. No por arrojarse del edificio. Les dije. Muere al arrojarse del edificio. Una bala de bronce le ha atravesado el corazón.

Ésa es la historia de Roland. Me ha recordado otras historias. Historias de ficción… Ahora siento que no ha ocurrido. Ni el 23 de marzo de 1994 ni ningún otro día de ningún otro año. Ni en Manhattan ni en ninguna otra parte. Ahora está acomodadita ahí, entre Borges, Bioy, Akutagawa, Stevenson y un lejano poeta del siglo XVII. Un sándwich literario, un tranquilizador acolchado de ficción. Ahora la recuerdo y pienso en libros, en la penumbra de una biblioteca, en el olor del papel. Ya no es real. Sigilosa, la historia ha cruzado la frontera. En el territorio de la ficción. Ahí. Esta historia pide asilo.